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Poetas: Luis García Montero

marzo 18, 2012

Texto: Inma Rodríguez


Dice mucho de él mismo al decir que se considera Catedrático de Literatura, aunque ya no ejerza la enseñanza (y no por decisión propia) y poeta, así tan majestuosa como suena esa profesión que para él es un esfuerzo titánico de pelea para hacer sentir, sólo entre amigos de confianza.

No creo que pueda ser casualidad que Luis García Montero (Granada, 1958) tuviera el privilegio de pasearse de niño por la Huerta de San Vicente, la casa de la familia Lorca, ni de andar por sus estancias, repletas de libros y de objetos que, según ha confesado, jamás se atrevió a tocar. Tampoco que un verso de Alberti, primero admirado en la distancia y con el tiempo amigo íntimo, le marcara desde el comienzo de su producción poética: “Para ir al infierno, no hace falta cambiar de sitio ni de postura”.

Para García Montero, laureado con multitud de premios, entre ellos el Adonais o el Nacional de la Crítica y cuya última antología poética sobrepasa las 800 páginas, la poesía es algo así como un gran foro público donde conversar con el lector para ajustar entre los dos cuentas con el mundo. Concibe el verso como una manera de aceptación sosegada de la realidad, como una reflexión que es un punto de llegada y no de partida, una literatura porosa a través de la que se filtra lo cotidiano. Nostálgica, pero no romántica. Lúcida y escéptica, pero no conformista. Desahogada, pero no autobiográfica, porque todos pisamos las mismas ciénagas de la soledad o la tristeza. Poesía con sello propio, desde luego, pero que alerta continuamente sobre los riesgos del individualismo.

Reconozco que descubrí a García Montero tarde y mal, pero no creo que por casualidad. Montada un tren, me llamó la atención el título de un libro que alguien de un asiento próximo llevaba bajo el brazo: Completamente viernes. Guardo con especial cariño la primera lectura de poemas como “Confesiones” o “Problemas de geografía personal”, que tanto me recordaron al mejor Salinas. Después, el extraño afecto que uno puede sentir por alguien a quien ni siquiera conoce no ha hecho sino crecer, especialmente por la valentía que supuso el apadrinamiento de Sabina con el prólogo de su libro Ciento volando de catorce y, sobre todo, por el precioso libro sobre Ángel González, Mañana no será lo que Dios quiera. Hecho a base de testimonios suyos de viva voz, noche a noche y grabadora por delante en la casa que García Montero tiene en Rota, recorre treinta años de su vida y guarda una estrecha relación con el descubrimiento de la famosa carpeta azul de Ángel, abierta después de su muerte y que contenía poemas que a Luis le resultaron muy tristes de leer, llenos de una sensación de derrota que ya le había confesado: “Ahora me quita el sueño lo vivido, pesan demasiado los recuerdos…”

Aprender a vivir con la vista cansada, entender que el sentimiento es inteligente, creo que tiene una demostración lírica aplastante en mi libro favorito, Habitaciones separadas, de 1994 y con el que se le concedió el Premio Nacional de Literatura. El germen del título es una declaración de intenciones que deja a un lado el ensimismamiento y que apuesta por el reto literario de buscar las pequeñas alegrías sólo con los pies puestos en el terreno de la realidad. “Al final, decidí no dormir en la misma cama que mis sueños”…Al leer algunos poemas de este libro, pocas veces me ha quedado tan claro que la literatura es un asunto de ciudadanos, y no de héroes. De todos, me quedo con el primero, “Las razones del viajero”, porque además de contener el verso final que da título al libro me parece uno de los poemas menos evasivos que me he encontrado en mucho tiempo. No estando hecho para ofrecer consuelo, no siendo apto para leer en un mal día, de alguna extraña manera tiene una cercanía alentadora. Siempre es raro descubrir que a través de unos cuentos versos uno puede explicarse con otro y, según el propio García Montero, escribir después de más de veinticinco años sólo tiene sentido si el resultado es la noble tarea de reivindicar la dignidad humana.

Leer poesía no hace que las cosas sean diferentes, pero sigo y seguiré pensando que al menos nos alerta del peligro que supone no recordar como debieran ser.

 

Las razones del viajero

ESTÁ solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.

Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.

Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.