Archive for the ‘Poetas’ Category

Palabra sobre palabra

marzo 27, 2012

A veces me gusta tontear con el Photoshop. Normalmente los resultados digitales me parecen “tramposos”, esto es: muy vistosos, muy llamativos, pero aleatorios y nada trabajados. La ilustración digital da alas a quien no las tiene, para que me entiendan. Aunque lo cierto es que poco a poco voy encontrando por ahí ilustraciones digitales verdaderamente virtuosas, que abrazan los pixeles y se aprovechan de ellos para lograr un resultado que es agradable a la vista. Sin olvidarme de aquellos profesionales que lo dominan perfectamente, lo cierto es que miro muchas ilustraciones amateurs. Podríamos debatir durante horas sobre el tema y ni yo tengo en mente las ilustraciones que ustedes se imaginan, ni viceversa. Y estoy hablando de ilustraciones con lo cual no me refiero ni a dibujos con líneas, ni a entindados, ni a coloreados tipo comic, hablo más bien de pintura digital. Bah, otro día lo hablamos, me desvío, lo que quería contar es que no me gusta hacer cosas digitales a no ser que la base de la que parta sea un dibujo trabajado. Este es el caso y esto es lo que ha salido.

Y ya que estaba ahí he seguido tonteando y en honor a aquello del “¿te imaginas?” me ha salido esto otro:

Y entonces hice eso que se me da tan bien. Echarle horas a algo que no sirve para nada y me salieron estas dos versiones.

Y para ver qué tal quedaría en realidad…

Yo soy consicente de que tanto ustedes como esas maravillosas personas que componen la editorial Seix Barral saben que esto no está hecho con ningún fin comercial y que simplemente estoy haciendo variaciones sobre un producto que he adquirido y me pertenece. Fíjense si serán inocentes mis variaciones y no debe ser tomadas como algo negativo, que éstas son virtuales. No existen… de momento. Pero si soy tan mindundi como para que no me respondan un mail, debo ser tan mindundi como para ser ignorado en esto. Eso sería lo coherente.

Aclarado eso, les comento que lo que he hecho es rediseñar la cubierta de Palabra sobre palabra, una antología que recoge la mayor parte de la obra poética de Ángel González. Tiene la particularidad de llevar un violín en la portada, que si bien Ángel González menciona algún que otro instrumento musical en algún poema (violines incluídos), también menciona millones de objetos cotidianos y no por ello se justifica su uso como tema principal de una portada. Aunque si alguien quiere discutir sobre eso, más abajo están los comentarios. Si lo que he perpetrado les parece mejor o peor que el original, depende de ustedes. La verdad es que ni yo mismo lo tengo claro. También me hubiera gustado cambiar el texto de la solapa por algo más trabajado, algo que cuente qué va a encontrar el lector dentro, pero eso está más allá de mis habilidades. El de la otra solapa sí lo he cambiado en la medida que he podido documentarme y el de la contracubierta lo he conservado porque es una maravilla tal cual. También he añadido esas horribles líneas verticales negras para que sepan dónde irían los dobleces. Al libro, edición de 2010, se le echa en falta un señor prólogo y alguna referencia al fallecimiento del autor. Quizás estén reservándolo para otro libro o alguna edición especial o dios sabe qué.

Espero que los Herederos de Ángel González hagan honor a lo que tienen entre manos. Yo lo he intentado con todo el cariño que tengo. Y si bien no puedo devolverle al autor lo que me ha dado, de alguna manera no me pesan las horas dedicadas a este acto de infantilismo.

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Porvenir

marzo 22, 2012

Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.
… Mañana!
_________Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.

Ángel González

Poetas: Luis García Montero

marzo 18, 2012

Texto: Inma Rodríguez


Dice mucho de él mismo al decir que se considera Catedrático de Literatura, aunque ya no ejerza la enseñanza (y no por decisión propia) y poeta, así tan majestuosa como suena esa profesión que para él es un esfuerzo titánico de pelea para hacer sentir, sólo entre amigos de confianza.

No creo que pueda ser casualidad que Luis García Montero (Granada, 1958) tuviera el privilegio de pasearse de niño por la Huerta de San Vicente, la casa de la familia Lorca, ni de andar por sus estancias, repletas de libros y de objetos que, según ha confesado, jamás se atrevió a tocar. Tampoco que un verso de Alberti, primero admirado en la distancia y con el tiempo amigo íntimo, le marcara desde el comienzo de su producción poética: “Para ir al infierno, no hace falta cambiar de sitio ni de postura”.

Para García Montero, laureado con multitud de premios, entre ellos el Adonais o el Nacional de la Crítica y cuya última antología poética sobrepasa las 800 páginas, la poesía es algo así como un gran foro público donde conversar con el lector para ajustar entre los dos cuentas con el mundo. Concibe el verso como una manera de aceptación sosegada de la realidad, como una reflexión que es un punto de llegada y no de partida, una literatura porosa a través de la que se filtra lo cotidiano. Nostálgica, pero no romántica. Lúcida y escéptica, pero no conformista. Desahogada, pero no autobiográfica, porque todos pisamos las mismas ciénagas de la soledad o la tristeza. Poesía con sello propio, desde luego, pero que alerta continuamente sobre los riesgos del individualismo.

Reconozco que descubrí a García Montero tarde y mal, pero no creo que por casualidad. Montada un tren, me llamó la atención el título de un libro que alguien de un asiento próximo llevaba bajo el brazo: Completamente viernes. Guardo con especial cariño la primera lectura de poemas como “Confesiones” o “Problemas de geografía personal”, que tanto me recordaron al mejor Salinas. Después, el extraño afecto que uno puede sentir por alguien a quien ni siquiera conoce no ha hecho sino crecer, especialmente por la valentía que supuso el apadrinamiento de Sabina con el prólogo de su libro Ciento volando de catorce y, sobre todo, por el precioso libro sobre Ángel González, Mañana no será lo que Dios quiera. Hecho a base de testimonios suyos de viva voz, noche a noche y grabadora por delante en la casa que García Montero tiene en Rota, recorre treinta años de su vida y guarda una estrecha relación con el descubrimiento de la famosa carpeta azul de Ángel, abierta después de su muerte y que contenía poemas que a Luis le resultaron muy tristes de leer, llenos de una sensación de derrota que ya le había confesado: “Ahora me quita el sueño lo vivido, pesan demasiado los recuerdos…”

Aprender a vivir con la vista cansada, entender que el sentimiento es inteligente, creo que tiene una demostración lírica aplastante en mi libro favorito, Habitaciones separadas, de 1994 y con el que se le concedió el Premio Nacional de Literatura. El germen del título es una declaración de intenciones que deja a un lado el ensimismamiento y que apuesta por el reto literario de buscar las pequeñas alegrías sólo con los pies puestos en el terreno de la realidad. “Al final, decidí no dormir en la misma cama que mis sueños”…Al leer algunos poemas de este libro, pocas veces me ha quedado tan claro que la literatura es un asunto de ciudadanos, y no de héroes. De todos, me quedo con el primero, “Las razones del viajero”, porque además de contener el verso final que da título al libro me parece uno de los poemas menos evasivos que me he encontrado en mucho tiempo. No estando hecho para ofrecer consuelo, no siendo apto para leer en un mal día, de alguna extraña manera tiene una cercanía alentadora. Siempre es raro descubrir que a través de unos cuentos versos uno puede explicarse con otro y, según el propio García Montero, escribir después de más de veinticinco años sólo tiene sentido si el resultado es la noble tarea de reivindicar la dignidad humana.

Leer poesía no hace que las cosas sean diferentes, pero sigo y seguiré pensando que al menos nos alerta del peligro que supone no recordar como debieran ser.

 

Las razones del viajero

ESTÁ solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.

Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.

Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.

Mendigo

febrero 27, 2012

Es difícil andar
si se ignoran
las vueltas del camino,
si se duda
la firmeza del suelo que pisamos,
si se teme
que la vereda verdadera
haya quedado atrás,
a la derecha
de aquellos pinos…
____________________(… o quién sabe
si perdiéndose en otra primavera,
hace tiempo,
cuando una
cálida brisa me empujó hacia el Sur,
y yo pensé:
<<el viento quizá sepa>>,
y uní a él mi destino,
y seguí andando,
y llegué hasta esta orilla
de mi vida
donde
-después de tanto esfuerzo-
me he sentado
a recibir
lo que los transeúntes quieran darme.)

-Una sonrisa para este vagabundo,
caballero.
__________-Dejad en mis pupilas,
bondadosa señora,
algo de la belleza y de la luz
que hay en vuestra mirada también triste.

Lo que los transeúntes quieran darme.

 

___________________________Ángel González

Todos ustedes parecen felices…

febrero 27, 2012

… y se sonríen, a veces, cuando hablan.
Y se dicen, incluso,
palabras
de amor. Pero
se aman
de dos en dos
para
odiar de mil
en mil. Y guardan
toneladas de asco
por cada
milímetro de dicha.
Y parecen -nada
más que parecen- felices,
y hablan
con el fin de ocultar esa amargura
inevitable, y cuántas
veces no lo consiguen, como
no puedo yo ocultarla
por más tiempo: esta
desesperante, estéril, larga,
ciega desolación por cualquier cosa
que -hacia donde no sé-, lenta, me arrastra.

____________________________Ángel González

Extra XXXIII

febrero 25, 2012

Ángel González Si serenases

enero 27, 2012

Si serenases
tu pensamiento, si pudieses
detenerte y pensar,
mirar en torno, tocar las cosas
entre las que pasas,
acaso
te sería sencillo reconocer
rostros, no sé, lugares,
gentes
que hablen tu mismo idioma y te comprendan.

Si fueses
capaz de hallar un sitio donde echarte
boca abajo, y cerrar
los ojos,
y mirar, despacio, dentro de tu
vida,
quizá
te resultase fácil averiguar
algo, saber
a qué lugares quieres
ir, de dónde vienes,
para qué estás aquí,
cuál es tu nombre.

Pero el tiempo no existe,
y tienes prisa:
no hay sitio para ti en el descampado
donde habitas,
el llanto
puede llegar de pronto, la luz cae
en la sombra -casi
invierno,
el otoño se vuelve lluvia y frío-
nadie mira hacia ti, anda,
apresúrate,
tu cuerpo fatigado necesita
descanso,
es ya de noche,
corre,
aquí tampoco,
es preciso llegar, no
te detengas,
sigue buscando, muévete, camina.

Poetas: Benjamín Prado

noviembre 6, 2011

Texto: Inma Rodríguez


Tuve la suerte de conocer a Benjamín Prado (Madrid, 1961) en la Feria del libro de Sevilla de 2007. Sabina presentaba su libro A vuelta de correo. Él parecía encantado de estar en un segundo plano, pensando seguramente que muchos de los allí presentes habían ido a ver a Sabina y no a él, que tal vez la mayoría nunca hubiera leído un poema suyo y que, a lo sumo, alguno sabría de oídas que, por lo visto, aquel tipo tan alto, tan delgado y de apariencia tan dócil y bonachona era un poeta. Supongo que, en parte para matar el tiempo al final del recital, dado que la hilera de fieles sabineros a la espera de un autógrafo o una foto rodeaba el recinto, acabamos charlando como quince minutos, en los que yo tuve la suerte de recibir casi una clase magistral de poesía del que es para mí uno de los escritores más divinamente humildes del panorama literario actual.

Desde su primer libro de poemas, Un caso sencillo (1986) hasta Marea humana, que vio la luz el año pasado, la poesía de Benjamín Prado sigue una línea ascendente de depuración que fusiona la profundidad y la sencillez, y el significado con el ritmo y la musicalidad. Se declara un lector fiel a escritores como Lorca o Verlaine, muchas veces ha hablado de su necesidad de escuchar a músicos tan líricos como Cohen o su admirado Dylan mientras escribe y, sobre todo, nunca ha dejado de declarar el profundísimo respeto que siente por la palabra bien dicha. Por lo mismo, para él escribir es oficio y entrenamiento, y no talento espontáneo, y cada poema se convierte en un campo de batalla donde el resultado pasa por pelear cada adjetivo, cada pausa, hasta conseguir una precisión que no se quede en la descripción de la realidad, sino que logre aumentarla, multiplicarla, llenarla de matices.

Incluso en su obra en prosa, donde Benjamín parece haberse detenido más en los últimos años, está reflejada esa idea constante del escribir para descifrar el misterio de las cosas, de la historia de los demás o de la nuestra. Son novelas donde el pasado es algo que hay que desentrañar, que volver a revisar. Como en la poesía, se trata de contar algo que puede que se haya tratado de decir mil veces, pero nunca se ha contado del todo.

Todos nosotros (1998) es en buena parte un libro de reflexiones sobre la propia experiencia, sobre la necesidad que supone sentarse a mirar el panorama cuando la felicidad ha pasado un poco de largo, o cuando nunca estuvo, o cuando hay un remanso entre desencanto y desencanto. Y atreverse a escribir sobre eso. La poesía no siempre es memoria voluntaria, sino recuerdo que nos asalta queramos o no, y al que hay que saber enfrentarse. Es un libro sobre la fe en darle palabra al dolor en forma de versos.

Los quince minutos de charla dieron para mucho. Me contó entre risas cosas como que los poetas son los tipos más aburridos del mundo, o que no había que caer en el error de tomarse demasiado en serio a uno mismo mucho tiempo. Y me regaló una de tantas sentencias de su (y mi) adorado Ángel González, a colación de la valentía que supone enfrentarse a uno mismo en un poema: “Un hombre nunca sabe qué pasado le espera”. También me regaló un pensamiento suyo, tan apacible y natural como él mismo, que me pareció de una generosidad tremenda: “Espero que mis poemas sirvan un poco al que los lee, y conseguir, aunque sea de vez en cuando, darle a lo inabarcable el tamaño de lo comprensible”.

 

Roto

Solo, en medio de todo;
estar tan solo
como es posible,
mientras ellos vienen
muy despacio,
se agrupan,
ponen su campamento,
invaden,
talan,
hunden,
derriban las palabras
una a una,
se reparten mi vida,
poco a poco,
levantan su pared
golpe a golpe.

Después se van;
se marchan
lentamente,
pensando:
-Nunca podrás huir de todo lo que has perdido.

Tal vez tengan razón.
Tal vez es cierto.

Pero llega otro día,
el cielo quema
su cera azul encima de las casas;
yo regreso de todo lo que han roto,
busco entre lo que tiene
su propia luz,
encuentro
la mirada del hombre que ha soplado unas velas,
el limón que jamás es parte de la noche;
ato,
pongo de pie,
reúno los fragmentos,
me convierto en su suma.

Y todo vuelve
otra vez;
las palabras
llegan donde yo estoy;
son las palabras
perfectas,
las que tienen
mi propia forma,
ocupan cada hueco
y cierran cada herida.
Las palabras que valen para hacer estos versos
y sentarse a esperar que regresen los bárbaros.

De Todos nosotros, 1998

Extra XXVII

octubre 13, 2011

Poetas: Antonio Colinas

octubre 9, 2011

Texto: Inma Rodríguez

La obra de Antonio Colinas (La Bañeza, 1946) parte a priori en desventaja con respecto al tipo de poesía imperante en nuestros días, que tiende al recurso fácil de la emocionalidad extrema y del aluvión de recursos enrevesados. La suya es una poesía clásica en el más amplio sentido de la palabra, depurada, armónica, tanto en la forma como en la temática, llena de influencias literarias grecolatinas y de corrientes filosóficas orientales y del occidente mediterráneo de las que el lector actual apenas tiene referencias. Tampoco hay rastro en sus poemas de referencias urbanas que persiguen que los poemas suenen modernos a costa de lo que sea. El suyo es el paisaje leonés, lleno de páramos y riberas, árido y despojado, que tanto recuerda a los poemas del mejor Machado.

El gusto por el tono meditativo y por la introspección llena todos sus poemas de una extraña sensación de tiempo detenido, donde el mundo, lo exterior, se convierte en una reelaboración serena del estado de ánimo. En este sentido, los poemas de Colinas son un viaje que va desde la emocionalidad a la reflexión, donde lo externo no es percibido como una amenaza, sino como una forma de contestación, de calma. Símbolos que muchas veces se usan para expresar desasosiego, como la noche o el silencio, Colinas los utiliza para construir un espacio íntimo que lo contiene todo, un universo en estado latente a la espera de lo que puede ocurrir.

“Se escribe como se es. A veces uno se desespera, y entonces escribir puede ayudar tanto como respirar. No siempre se encuentra la armonía, pero gritar siempre me pareció un recurso demasiado fácil. Reconozco que, en buena parte, escribo para no gritar”. De todos los libros de Colinas, tal vez El libro de la mansedumbre (1993-1997) es el que mejor recoge esta idea fundamental en su obra. La mansedumbre no tiene un sentido negativo de conformismo, ni de debilidad, sino que se refiere a la aceptación, a la serenidad como una forma de triunfo y como un saber estar en el mundo. La poesía, la palabra, el arte, se convierten entonces en un empuje. Ayudan a ser, a pesar de los mil pesares.

El poema “La llama” tiene para mí una tibieza infrecuente, discretamente deslumbrante, acogedora y hospitalaria. Alzada sin fuegos de artificio, sobria pero constante, como la llama misma a la que alude el título. Es un saber detenerse, incluso demorarse, en las sensaciones que nos produce lo externo, una reflexión que tan fácilmente puede extraviarse en la inercia de los días y en las obligaciones cotidianas. Es también un diálogo con otras voces pasadas, con las ruinas doradas y atemporales del paisaje mediterráneo y latino, un intento de hacer de la contemplación una forma de seguir vinculado al mundo. No se trata de describir la realidad tal cual es, sino de acompasarla al estado del alma. “La poesía puede que no sea más que un poco de calor contra la dureza de la vida o de la muerte, huellas de una luz que nos enseñó a ser y a conocer, a vivir en lucidez y en plenitud, a sanarnos y a salvarnos un poco”.

 

LA LLAMA

Hoy comienzo a escribir como quien llora.
No de rabia, o dolor, o pasión.
Comienzo a escribir como quien llora
de plenitud saciado,
como quien lleva un mar dentro del pecho,
como si el ojo contuviese toda
esa inmensa colmena que es el firmamento
en su breve pupila.

Me encierro por pasadas plenitudes
y por estas presentes enmudezco.
Lloro por tener cerca de una mujer,
por el agua de un monte
que suena entre cipreses en un lugar de Grecia;
lloro porque en los ojos de mi perro
hallo la humanidad, por la arrebatadora
música que quizá no merecemos,
por dormir tantas noches en sosiego profundo
bajo el icono y en su luz de oro,
y por la mansedumbre de la vela
que sólo es eso: llama.

Comienzo a escribir y también la escritura
llora, porque respira y quema, porque pasa.
Qué gran gozo sentirme
yo mismo esa palabra que va ardiendo.
(Porque yo también ardo y también paso.)

Contemplo una llama muy quieta en la penumbra
de suaves jardines,
a la orilla de un mal calmo y antiguo,
y me voy encendiendo con la dicha
de saber que no existe otra verdad
que no sea esa llama, es decir,
la del amor que es don y que es condena.

Son llamas las palabras y son llamas los ojos
que lloran sin llorar por ser el que yo fui
(aquel fuego cansado que temblaba
junto a otros jardines de otro mar)
fijamente una llama
y que es, en soledad, la llama más gozosa.