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La historia de el pobre hombre.

junio 11, 2012

Desde Noviembre pasado arrastro un problema de salud. El causante de ese problema tiene un único remedio: se llama distancia y silencio. Apremiado por la necesidad, aparco todos mis planes, unos propios y otro que me hacía una ilusión rayando lo infantil en la que llego a invertir mucho dinero (mucho, en porcentaje del que yo tengo) y comienzo una búsqueda lo más eficaz posible de trabajo como dibujante porque, básicamente, es la mejor opción, la que tiene más posibilidades y lo que me va a permitir recuperar esos planes mencionados. Además, es lo que quiero hacer, qué demonios.

Tarjetas de visita, mails indiscriminados, boca a boca, soltar lastres… pruebo todo lo que se me ocurre aún no apeteciéndome lo más mínimo. Sobra decir que no consigo nada. Entonces aparece la persona a la que nos referiremos como el pobre hombre.

El pobre hombre ve mis dibujos porque en esa vorágine en la que yo andaba se los enseño. Me cuenta entusiasmado que lleva una revista y me pregunta si yo quiero colaborar a lo que respondo “Sí,…bueno.”, en espera de comprobar la calidad de la misma, ya que conozco el mundo amateur y no me suele gustar su calidad. Acto seguido, el pobre hombre me dice que conoce a mucha gente, haciendo un hincapié en el “mucha” y regodeándose en la calidad editorial del “gente”. Hace tanto hincapié que, por un momento, siento que está malgastando mi tiempo. Sobre la marcha cambia su opinión sobre mi colaboración y me comenta que entre la mucha gente que conoce, hay uno que quiere adaptar un relato a formato comic. Que es un escritor famoso. Uno de los muchos que conoce y otro de tantos con los que se codea. Al día siguiente me promete que me pasa el relato y que se lo comenta al escritor famoso. Le pido el nombre del escritor, me lo da y se despide al fin. Digo al fin porque aplico el principio básico que gobierna mis relaciones a través de internet y este es “Si mi vida fuese como yo quiero no tendría tiempo de andar por internet”. Por tanto, su efusividad no me afecta.

Antes de acostarme busco el nombre del autor, ya que no lo conozco. Me digo que es normal porque, en fin, leo comics, tantos que si no tengo nuevos releo. No siento la necesidad de estar al día del mundo editorial de las novelas. Veo una entrevista y me gusta su voz y lo que dice. Me quedo más tranquilo.
Leo el relato al día siguiente. Me gusta, es un Constantine a la española (cosa que ya va tocando) y tiene mérito que yo me lea una historia de ruleta rusa con la enorme pereza que me producen.
El siguiente paso es consultar a la persona que más lee de todas las que conozco. Tampoco conoce al escritor famoso, pero me dice que eso es normal, que no está al día de las novelas que se publican o al menos no de todas. Y resulta que no son pocas. En fin, el pobre hombre me pide un diseño del personaje. Mal, porque en el relato no hay una descripción física y no me da ni una puñetera pauta. Dibujo a un Constantine español por encima y de aquella manera. Lo mando y me dice que se lo ha mandado al escritor famoso y que en cuanto le responda me lo pasa.

Entremedias, me ofrece otro proyecto, la portada de una novela de un amigo que quiere publicar en una editorial aún por crear. Me intereso al fin de una manera activa por la revista en la que publica relatos no remunerados de tantos colegas famosos y por la novela que es una segunda parte. La revista sólo la encuentro en Amazon y para leerla hay que pagar. Mal, por lo de pagar y por no poder verla. La novela, el autor y muchos más datos sobre este nuevo tema son fáciles de encontrar. No me gusta lo que veo y lo que leo, no a un nivel despreciativo, simplemente hay que ser muy como otros para engancharme y no lo es. El proyecto consiste en emular el estilo de la primera parte de la novela que fue editada por una editorial al haber participado en un premio que ya no recuerdo si gana o queda finalista o qué sé yo, la verdad es que tantos datos me aburren y creo que son una maraña para no ver lo importante de las cosas, así que los ignoro pues tengo la sensación de que están moviendo demasiados hilos ante mis ojos, mejor apartarlos. Indico que si bien puedo imitar cualquier estilo, pues es algo que me resulta fácil, el rollo cabezas flotantes y space opera digital no puede ser más que un desperdicio de mis habilidades. No es lo mío, no me gusta y hay otras cosas que se me dan mucho mejor. Asimismo, recomiendo buscar a uno de los miles de dibujantes digitales que pululan por la red. Yo puedo ayudar en el casting. El proyecto viene acompañado de un diseño del propio escritor, que resulta que también dibuja. La idea es que, respetándolo, yo lo mejore. No me gusta el diseño y no empatizo con las destrezas artísticas de esta persona. Así lo indico. Y cuando creo que va a venir un mosqueo por tal apreciación, lo que viene es un suspiro de alivio. Al pobre hombre tampoco le gusta, y me dice que tengo libertad para hacer otra cosa a lo Frazetta, que es lo que yo recomiendo. De cualquier manera, sigo pensando que no soy la persona adecuada. Y me quedo en la recámara que no quiere que se encargue el estudio que hizo la primera portada porque tienen la fea costumbre de cobrar. Mal…

Llega la respuesta del escritor famoso sobre mis diseños de su personaje. Llegan a través del pobre hombre, sin comillas, con muchos “dice que…”. Evidentemente, según el pobre hombre, mi diseño no es lo que tenía en mente el escritor famoso. No me lo tomo a mal porque he de recordar que nadie me dio ni una puñetera pauta. Llegan las pautas al fin, y me propone una reunión, que yo había rechazado por pereza.

Para entonces ya he visto retazos de la revista, gracias a LA red social donde los publica. Me limito a observar a los hipotéticos compañeros de lápiz. No me gustan, la verdad. Yo no la compraría. También puedo comprobar que anuncia mi colaboración y asociación con la revista. Yo nunca he afirmado tal cosa. Pone dibujos míos en LA red social, para lo que me pide permiso antes. Le digo que puede compartir las cosas del blog, que para eso está el blog. Parece que escuche lo que quiere en vez de lo que digo, ya que escojo muy bien mis palabras. Y leyendo por aquí y por allá, encuentro un número indecente de halagos. Vomito un arcoiris. Asinus asinum fricat.

Llega la reunión. Me da la mano a lo colega. Mal. Me dice que yo elija el bar. Mal. Se queja del bar. Mal. Y charla de todo menos de los puntos importantes que estoy seguro que voy a aclarar esa tarde. Muy espaciados en el tiempo, los introduzco con calzador:

–¿De qué conoces al escritor famoso y cómo lo convences de que colabore contigo y no con cualquier editor de una editorial que sí existe de los muchos que debe conocer?
Su respuesta es que conoce a mucha gente. Vuelve a darme una retahíla de nombres que hace que me suba la náusea. La respuesta a cómo lo convence es un gesto. Un gesto de encoger los hombros y una sonrisita de “soy muy guay”. Mal, muy mal, la verdad.

–Dinero, busco ganar dinero, ya que me interesa adquirir tanta independencia económica como me sea posible.
Me responde a la gallega. Que eso habría que estudiarlo aún. Que según beneficios. Un blablabla que me resuena tan alto que casi me deja sordo y cambia de tema. Mal, pero mal de salir corriendo.

–Si esto saliese bien, ¿cómo pretendes que el escritor famoso y yo no corramos a prados editoriales más verdes?
Me divierto con los eternos segundos que necesita para encajar la pregunta. Busca una respuesta. La que sea. Y tanto la que sea, porque ya se encargará él de que eso no pase. Que traducido a mi idioma significa que sigue sin nombrar nada del estipendio.
Mosqueado, decido comprobar hasta qué punto tengo ante mí a un impresentable, no como editor: quiero saber qué clase de persona es.

–No me gusta la calidad de algunos de tus colaboradores ¿y a ti?
Me mira y arqueo una ceja tranquilo, sin nada que perder ya. Me responde que a veces pones cosas porque sabes que venden y otras simplemente hay que rellenar espacios.
Le discuto que eso es normal con una revista que sale a la calle, pero con una edición digital que se hace por gusto lo lógico sería buscar calidad y rodearte de personas a las que no solo aprecies como escritores o dibujantes. Mientras lo digo ya me doy cuenta que si lo ha hecho así es que no busca calidad, ni divertirse, ni un trabajo bien hecho, ni pollas en vinagre. Vuelve a haber un ruido desesperante que resumiré en “yo conozco a mucha gente”, vuelven a salir nombres, incluso extranjeros. Me aburro y vuelvo al ataque. Ahora insisto en su amigo de la novela, el de la portada. Le pregunto directamente si le gusta cómo dibuja. Me responde que no, un rotundo no. Le pregunto si le gusta cómo escribe, ya que le va a publicar una novela. Me responde que no. Esto es alarmante ya. Jamás se habla mal de alguien a quien pretendes publicar. Jamás. ¿Qué dirá de mí? No me conoce de nada y me dice que no le gusta su trabajo. Lo encuentro una barbaridad, pero estoy tan acostumbrado a tratar con quien no me apetece que no se me nota. Como si no fuera bastante, le repito algo de uno de mis mails, y es que para hacer una buena portada antes hay que leerse la novela. Para eso yo le pedí que le pidiese a su amigo algunos de los momentos más importantes de un número de páginas que se me antoja exagerado. Me devuelve una nota de prensa que me hace perder un minuto precioso de mi existencia. Vuelvo a ello y le digo que él debería leerse la novela y sacarme esos momentos cruciales. Bromeamos sobre la pereza que le da leérsela, debido a lo poco que le gusta. Nada va a impedir que al menos me ría con todo esto. De paso, doy gracias a Dios por no haber puesto en mi camino el número de amigos que tanto le solicito, mejor así, lo agradezco de corazón y me apeno y mucho al empatizar con el novelista-dibujante. Y quiero pensar, sinceramente, que me dice todo eso simplemente porque cree que es lo que yo quiero escuchar de él. Lo cual es una torpeza de aúpa. Lo cual me dice que me quiere convencer. Mal. No es cuestión de convencer, es cuestión de hablar claro y decidir, después de dar unas condiciones.

Evidentemente, me muestro débil durante todo el encuentro. Todo está mal, el mundo es muy malo. Ya saben. Buah, buah.

El proyecto podría llegar a buen puerto a pesar de el pobre hombre. Para eso necesito hablar con el escritor famoso. Me despido con una condición inapelable: que nos ponga en contacto inmediatamente. Si es un escritor famoso, no creo que no pretenda obtener un beneficio económico. Tranquilo con la calidad de su texto, quiero aclarar lo demás, pues podría quedar bien si me dejo el pellejo. Merece la pena, aún con el pobre hombre de por medio. Además, he reclamado que yo me encargo de la adaptación del relato a comic, es decir, yo hago la narrativa en viñetas. “Sin problemas” dice. Eso es raro, raro de cojones.

Al día siguiente es mi cumpleaños. Tic tac.

Ahora viene un mes, casi un mes. Entre halagos exagerados a mis dibujos, un día, de buenas a primeras, me dice que me olvide de la portada, que cree que ya hace tiempo que lo hice (tirito) y que hay otra persona. Pues vale.


Hago un diseño del personaje, ya con las pautas. Queda bien, me gusta y envío una foto del dibujo. La envío al pobre hombre porque quince días después aún no me ha puesto en contacto con el escritor. No entiendo que me ponga en la posición de volver a reclamárselo. Si no lo ha hecho es porque no le sale de los cojones o porque no lo conoce. Me preocupa mucho esa posibilidad. También le pedí un número de la revista (no voy a pagar por eso), que no me llega nunca, a pesar de que lo prometió. Eso también me preocupa.

Pasan unos doce o catorce días, mi memoria hace lo que puede. Tras atrasar todo lo posible la solicitud de un segundo encuentro por otras oportunidades más limpias, sanas, legales y satisfactorias, éstas no prosperan y quedo.

Me da la mano a lo colega, a pesar de que lo que se encuentra no es una mano en la posición adecuada para tal menester. Hablo más de cine y de videojuegos porque simplemente no me apetece este encuentro, no quiero nada hasta no hablar en plata con el escritor famoso. Pregunto sobre la foto de mi dibujo. “¿La ha visto el escritor? su opinión es la que cuenta.” “Sí, le ha gustado mucho.” “¿Le gustan los dibujos de tu amigo?” “Sí…”
Por favor, que me fulmine un rayo. Todo está mal. Vuelve a restregarme en la cara un pastel llamado tus dibujos son muy buenos. Me harto. Si mis dibujos fueran muy buenos, recibirían muchos más “me gusta” en LA red social o comentarios en el blog y no habría miles y miles de visitas buscando mujeres con pene, que es todo lo que hay. Mis dibujos, pobre hombre, solo te han atraído a ti. Quiero morirme. Hablo sobre un dibujo en concreto, el último, me indica que ni él lo ha visto. ¿Y para qué cojones lo tengo en LA red social? Jesús…

Ahora viene la gran cagada. La gran metedura de pata. Intenta convencerme, pues en el tiempo que he dejado transcurrir está claro que ve dudas por mi parte. No habla de dinero, ni de contrato, ni compromisos entre caballeros. Habla de fama, habla de que gracias al nombre del escritor famoso me llegarán más trabajos (que ya he de suponer remunerados al fin), habla de que el escritor famoso tiene leales que lo comprarán todo, cualquier cosa que lleve su nombre. Se relame un colmillo mientras lo dice y, al fin, todo encaja: soy un medio para llegar hasta el escritor famoso. Lo cual confirma que cree que dibujo bien. Pero es que hay un problema de planteamiento, y es que yo no soy un medio. Soy un fin. Faltaría más.

Ni me planteo que me hable de contratos, de dineros, ni de nada. Donde no hay, no hay. Pero tiene tiempo para degradar un poco más la amistad que le une al novelista-dibujante, que si armas de fuego y nos para la policía, que si nazi, que si mein kampf, que si encima que escribe peor que él se permite el lujo de darle consejitos, que si sitúa todos sus mundos de ficción en el mismo universo… Enlaza con mi negatividad. Me dice cómo soy, cómo pienso y cómo debería cambiar ambas cosas. Encuentro hasta adorable semejante intento pueril de embaucarme. Pero ya basta. Le digo que voy a ponerme en contacto con el escritor famoso. Que si quiere puede hacer una lista de correo donde estemos los tres. A pesar de todo, a pesar de tener a un sinvergüenza de narices ante mí, hago lo correcto e intento que no se sienta puenteado, pues soy consciente de que teme que se descubra que es la única variable sustituible. Al fin y al cabo, esto llega a través de él. Una y no más, me digo. Me despido cordialmente, a lo colega, claro. Y me escondo un rato.

Me pongo en contacto con el escritor famoso. Es educado, es agradable y obtengo su opinión de primera mano. Por fin. Cuando tenga más cosas se las enviaré. Lo digo pero no es cierto, tengo más cosas. Bastantes. Tengo el relato completamente abocetado y el diseño definitivo del personaje, cuerpo entero, distintos vestuarios, distintas edades, cosas muy chulas. También están diseñados los otros personajes del primer relato de manera coherente, a pesar de no tener las descripciones. Soy un culo inquieto. Ahora anda de ferias de libro y decido aprovechar para sopesar el tema. Tengo muchas dudas. Me parece que hay baches que aunque quiera no voy a poder sortear. Le mando otra foto de un dibujo, nada importante.

El pobre hombre se impacienta y responde a cualquier memez que yo decida compartir con mis allegados (subo un video de más de cinco minutos y veinte segundos después de subirlo ya le gusta, las cuentas no salen, prefiero el silencio). En una de esas intenta picotearme, en mi casa virtual y añade un emoticón de sonrisa (manda huevos). Le doy un pequeño bocado de advertencia e ignoro la soberana gilipollez a la que estoy respondiendo. Necesita un diccionario urgentemente. En vez de meterse la lengua por algún orificio, cual villano de opereta comienza una escalada. Me responde mal y sin ingenio. Es desesperante. Decido marearlo con una cita de un libro de texto de psicología infantil, a ver si me deja en paz un ratito. Pero lo sobrestimo y resulta que se siente muy aludido. Confirmo que la gente no evoluciona desde los doce años, pues a procesos cognitivos de esa edad alude la cita. Me pregunta en público si soy de fiar. Mal. Le respondo con su emoticón de marras, se lo merece y encima es divertido. Me envía mensajes privados muy cortos y distanciados por minutos. Interpreto nervios. Me reclama que aclare mi lealtad, me reclama la obra ya dibujada y entremedias me responde con otra sonrisa en público. Y entonces dejo que las canas decidan por mí y le doy lo que he aprendido tan bien de mis exnovias, distancia y silencio. Dejemos que se calme, que cuente hasta diez y se de cuenta de lo que está haciendo. Continúan los mensajes privados, entre los cuales hay órdenes sobre cómo debo responderle. Ha perdido los papeles por completo. Acto seguido, publica donde solo lo leen mis conocidos que mis citas le hacen sentirse como una tesis de blablabla de la traición de blablabla de yoquesequién, psicología barata y popular que he escuchado por ahí hasta yo. Prevé mi estampida en dirección opuesta a él (a buenas horas se da cuenta) e intenta decirle a todo el que pueda que soy Satán al hacerlo. Me planteo muy seriamente pedirle los datos exactos de la tesis, pero sé que no va a responder mis preguntas directas y que todo lo que diga se transformará en otra cosa. Ya no es una persona, ahora es esa masa oscura que le domina, incapaz de asumir que no he perdido el control de la situación desde el primer instante. Sus mensajes privados cambian la interpretación de sus mensajes públicos, de tal manera que si me quejo nadie más sabrá por qué. Ya vi eso hace años, es más viejo que andar para adelante.

No respondo. Dejo que siga cubriéndose de gloria. Me da igual lo que diga un pobre hombre.

Entonces aparece la persona querida. Por primera vez en mi vida alguien da la cara por mí. Le indica su error y le sugieren aclararlo en privado. Un consejo que vale oro.

Me llama un número que no conozco. Lo dejo sonar. Llama de nuevo. Lo cojo. Me dice que alguien le ha dicho que estoy enfadado. Le digo que eso no es cierto, que nadie ha dicho tal cosa. Lo niega. Y me dice que tiene el dinero para hacer la editorial, que quiere que vayamos a la capital con una orza a hablar con el escritor famoso y que, si no tengo dinero para el tren, que me lo paga él. Pero hay un detalle que él desconoce. Bueno, hay muchos, ha intentado mentir a la persona querida. Sobre mí. La persona querida es la única que ha ido conociendo cada paso, cada pensamiento mío y resulta que le parecen bien esos pensamientos. Memo. Así que interrumpo la mayor sarta de mentiras impulsivas y desesperadas que he contemplado y aquí voy a hablar yo. Empiezo por lo de ese día, por la primera respuesta, me interrumpe y me dice que ha llamado para disculparse y que yo no le admito que estoy molesto. Tocino y velocidad, es idiota y piensa lento. Le indico que decir que llamar para disculparse no es disculparse y prosigo mi discurso, pues es eso, un discurso. Habla por encima de mí en un vano intento de controlar la situación. Mal. Hablo por encima de él lo necesario para no dejarme callar y no le gusta un pelo. Cuelga y escribe de nuevo en público que le he gritado y que encima lo he hecho con una persona disculpándose. Añade mensajes. Insulta la inteligencia de la persona querida en privado y termina borrando casi todo lo escrito en público, no sin antes clickear un par de “me gusta” de mis frases. Cosa esta última que ya no sé ni cómo interpretar. Debe tener el cerebro frito, me digo.

Y este es el fin. Le escribo al escritor famoso y le doy mis motivos para abandonar el proyecto como alma que lleva el diablo. Ignoro la relación que les une, ignoro si son amiguísimos de la muerte y muy leales entre ellos. Aún así, digo lo que debo decir, la verdad, consciente de que puede comprometerme si un día el pobre hombre cargó con el escritor famoso atravesando el campo enemigo mientras silbaban las balas, pero no tengo nada que perder en esta empresa. No responde. Yo tampoco lo haría. Por mi parte, termino cansado de un mundo que nunca me había gustado. Lo dejo. No creo que el mundo editorial comprenda a alguien que prefiere publicar bajo seudónimo.

Termino este recuento de acontecimientos con una reflexión: lo último que me dice en público este pobre hombre pobre, es que no se va a suicidar por perderme. Bien, para perderme tienes antes que haber estado cerca de mí, aclarado eso… Yo tengo un talento, qué tienes tú.

Quedáis avisados navegantes. Esta la historia de el pobre hombre, que harto del rebufo a polla confundió la desidia con la desesperación, la tristeza con rendición, y creyó acercarse a un inmigrante recién bajado del barco. Le dijo que le ayudaría a cargar con las maletas y le pidió que le acompañase a ese callejón de ahí al lado. Pobre hombre que subestima la cantidad de maldad que ha circulado ante mis ojos. Muchos y mejores antes que tú. Muchos y mejores.

Si no tienes miedo a quemarte, resulta que un relato puede ser tan incendiario como el napalm.

PD
Evidentemente los diseños me pertenecen, claro.

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El Conde de Montecristo

octubre 20, 2008

Parece lógico comenzar hablando del libro cuyo capítulo 35 da título a este blog: El Conde de Montecristo. Yo no soy una experta en temas literarios ni me gustaría serlo, por tanto, no pretendo hacer una crítica o un análisis del libro sino simplemente hablar de lo que yo he sentido al leerlo.

Precisamente el capítulo que lleva por título “La Mazzolata” es de una crueldad extrema, como gran parte del libro, pero nunca a mi parecer desagradable. Cuando lo estaba leyendo sentí angustia y miedo cuando el personaje estaba preso, sentí alivio cuando se vengaba de alguien, felicidad cuando ayudó al señor Morrel,…. En definitiva, me sentía viva a través del libro. Quizá parezca algo normal o poco importante pero yo creo que es algo extraordinario: un hombre (Alexandre Dumas) se sienta delante de unos papeles y escribe una historia, en parte imaginada, en parte basada en ciertos hechos reales, la publica en 1844 y yo, en 2008, me siento en el sofá de mi casa, abro un libro, lo leo y revivo esa misma historia. A veces paseo por una avenida que está cerca de aquí y tiene unas casas enormes con jardín delantero, grandes ventanas y cierto lujo y entonces me acuerdo de la época que pasó el Conde en París, y me imagino que estoy en una de esas fiestas que él ofrecía en las que se comía tan bien… pero no me gustaría cruzar una mirada con él porque no quiero ver su sufrimiento. No me dejó una buena sensación el final del libro, pero me alegro de haberlo leído. En principio se supone que cualquier libro te transporta a un mundo diferente y te hace sentir cosas pero yo creo que no, creo que sólo ciertos libros lo hacen y éste es uno de ellos.

He visto que en otros blogs la gente pone imágenes relacionadas con el tema que están tratando, enlaces y tal; yo no tengo nada que poner porque creo que si alguien lee esto y le interesa lo mejor que puede hacer es leerse él mismo el libro y dibujar en su propia mente cada lugar y cada personaje. Espero que le haga sentir al menos la mitad de cosas que a mí, sean sensaciones buenas o malas son, en definitiva, lo que nos distingue de una mesa. Hasta otra.