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Poetas: Luis García Montero

marzo 18, 2012

Texto: Inma Rodríguez


Dice mucho de él mismo al decir que se considera Catedrático de Literatura, aunque ya no ejerza la enseñanza (y no por decisión propia) y poeta, así tan majestuosa como suena esa profesión que para él es un esfuerzo titánico de pelea para hacer sentir, sólo entre amigos de confianza.

No creo que pueda ser casualidad que Luis García Montero (Granada, 1958) tuviera el privilegio de pasearse de niño por la Huerta de San Vicente, la casa de la familia Lorca, ni de andar por sus estancias, repletas de libros y de objetos que, según ha confesado, jamás se atrevió a tocar. Tampoco que un verso de Alberti, primero admirado en la distancia y con el tiempo amigo íntimo, le marcara desde el comienzo de su producción poética: “Para ir al infierno, no hace falta cambiar de sitio ni de postura”.

Para García Montero, laureado con multitud de premios, entre ellos el Adonais o el Nacional de la Crítica y cuya última antología poética sobrepasa las 800 páginas, la poesía es algo así como un gran foro público donde conversar con el lector para ajustar entre los dos cuentas con el mundo. Concibe el verso como una manera de aceptación sosegada de la realidad, como una reflexión que es un punto de llegada y no de partida, una literatura porosa a través de la que se filtra lo cotidiano. Nostálgica, pero no romántica. Lúcida y escéptica, pero no conformista. Desahogada, pero no autobiográfica, porque todos pisamos las mismas ciénagas de la soledad o la tristeza. Poesía con sello propio, desde luego, pero que alerta continuamente sobre los riesgos del individualismo.

Reconozco que descubrí a García Montero tarde y mal, pero no creo que por casualidad. Montada un tren, me llamó la atención el título de un libro que alguien de un asiento próximo llevaba bajo el brazo: Completamente viernes. Guardo con especial cariño la primera lectura de poemas como “Confesiones” o “Problemas de geografía personal”, que tanto me recordaron al mejor Salinas. Después, el extraño afecto que uno puede sentir por alguien a quien ni siquiera conoce no ha hecho sino crecer, especialmente por la valentía que supuso el apadrinamiento de Sabina con el prólogo de su libro Ciento volando de catorce y, sobre todo, por el precioso libro sobre Ángel González, Mañana no será lo que Dios quiera. Hecho a base de testimonios suyos de viva voz, noche a noche y grabadora por delante en la casa que García Montero tiene en Rota, recorre treinta años de su vida y guarda una estrecha relación con el descubrimiento de la famosa carpeta azul de Ángel, abierta después de su muerte y que contenía poemas que a Luis le resultaron muy tristes de leer, llenos de una sensación de derrota que ya le había confesado: “Ahora me quita el sueño lo vivido, pesan demasiado los recuerdos…”

Aprender a vivir con la vista cansada, entender que el sentimiento es inteligente, creo que tiene una demostración lírica aplastante en mi libro favorito, Habitaciones separadas, de 1994 y con el que se le concedió el Premio Nacional de Literatura. El germen del título es una declaración de intenciones que deja a un lado el ensimismamiento y que apuesta por el reto literario de buscar las pequeñas alegrías sólo con los pies puestos en el terreno de la realidad. “Al final, decidí no dormir en la misma cama que mis sueños”…Al leer algunos poemas de este libro, pocas veces me ha quedado tan claro que la literatura es un asunto de ciudadanos, y no de héroes. De todos, me quedo con el primero, “Las razones del viajero”, porque además de contener el verso final que da título al libro me parece uno de los poemas menos evasivos que me he encontrado en mucho tiempo. No estando hecho para ofrecer consuelo, no siendo apto para leer en un mal día, de alguna extraña manera tiene una cercanía alentadora. Siempre es raro descubrir que a través de unos cuentos versos uno puede explicarse con otro y, según el propio García Montero, escribir después de más de veinticinco años sólo tiene sentido si el resultado es la noble tarea de reivindicar la dignidad humana.

Leer poesía no hace que las cosas sean diferentes, pero sigo y seguiré pensando que al menos nos alerta del peligro que supone no recordar como debieran ser.

 

Las razones del viajero

ESTÁ solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.

Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.

Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.

Poetas: Benjamín Prado

noviembre 6, 2011

Texto: Inma Rodríguez


Tuve la suerte de conocer a Benjamín Prado (Madrid, 1961) en la Feria del libro de Sevilla de 2007. Sabina presentaba su libro A vuelta de correo. Él parecía encantado de estar en un segundo plano, pensando seguramente que muchos de los allí presentes habían ido a ver a Sabina y no a él, que tal vez la mayoría nunca hubiera leído un poema suyo y que, a lo sumo, alguno sabría de oídas que, por lo visto, aquel tipo tan alto, tan delgado y de apariencia tan dócil y bonachona era un poeta. Supongo que, en parte para matar el tiempo al final del recital, dado que la hilera de fieles sabineros a la espera de un autógrafo o una foto rodeaba el recinto, acabamos charlando como quince minutos, en los que yo tuve la suerte de recibir casi una clase magistral de poesía del que es para mí uno de los escritores más divinamente humildes del panorama literario actual.

Desde su primer libro de poemas, Un caso sencillo (1986) hasta Marea humana, que vio la luz el año pasado, la poesía de Benjamín Prado sigue una línea ascendente de depuración que fusiona la profundidad y la sencillez, y el significado con el ritmo y la musicalidad. Se declara un lector fiel a escritores como Lorca o Verlaine, muchas veces ha hablado de su necesidad de escuchar a músicos tan líricos como Cohen o su admirado Dylan mientras escribe y, sobre todo, nunca ha dejado de declarar el profundísimo respeto que siente por la palabra bien dicha. Por lo mismo, para él escribir es oficio y entrenamiento, y no talento espontáneo, y cada poema se convierte en un campo de batalla donde el resultado pasa por pelear cada adjetivo, cada pausa, hasta conseguir una precisión que no se quede en la descripción de la realidad, sino que logre aumentarla, multiplicarla, llenarla de matices.

Incluso en su obra en prosa, donde Benjamín parece haberse detenido más en los últimos años, está reflejada esa idea constante del escribir para descifrar el misterio de las cosas, de la historia de los demás o de la nuestra. Son novelas donde el pasado es algo que hay que desentrañar, que volver a revisar. Como en la poesía, se trata de contar algo que puede que se haya tratado de decir mil veces, pero nunca se ha contado del todo.

Todos nosotros (1998) es en buena parte un libro de reflexiones sobre la propia experiencia, sobre la necesidad que supone sentarse a mirar el panorama cuando la felicidad ha pasado un poco de largo, o cuando nunca estuvo, o cuando hay un remanso entre desencanto y desencanto. Y atreverse a escribir sobre eso. La poesía no siempre es memoria voluntaria, sino recuerdo que nos asalta queramos o no, y al que hay que saber enfrentarse. Es un libro sobre la fe en darle palabra al dolor en forma de versos.

Los quince minutos de charla dieron para mucho. Me contó entre risas cosas como que los poetas son los tipos más aburridos del mundo, o que no había que caer en el error de tomarse demasiado en serio a uno mismo mucho tiempo. Y me regaló una de tantas sentencias de su (y mi) adorado Ángel González, a colación de la valentía que supone enfrentarse a uno mismo en un poema: “Un hombre nunca sabe qué pasado le espera”. También me regaló un pensamiento suyo, tan apacible y natural como él mismo, que me pareció de una generosidad tremenda: “Espero que mis poemas sirvan un poco al que los lee, y conseguir, aunque sea de vez en cuando, darle a lo inabarcable el tamaño de lo comprensible”.

 

Roto

Solo, en medio de todo;
estar tan solo
como es posible,
mientras ellos vienen
muy despacio,
se agrupan,
ponen su campamento,
invaden,
talan,
hunden,
derriban las palabras
una a una,
se reparten mi vida,
poco a poco,
levantan su pared
golpe a golpe.

Después se van;
se marchan
lentamente,
pensando:
-Nunca podrás huir de todo lo que has perdido.

Tal vez tengan razón.
Tal vez es cierto.

Pero llega otro día,
el cielo quema
su cera azul encima de las casas;
yo regreso de todo lo que han roto,
busco entre lo que tiene
su propia luz,
encuentro
la mirada del hombre que ha soplado unas velas,
el limón que jamás es parte de la noche;
ato,
pongo de pie,
reúno los fragmentos,
me convierto en su suma.

Y todo vuelve
otra vez;
las palabras
llegan donde yo estoy;
son las palabras
perfectas,
las que tienen
mi propia forma,
ocupan cada hueco
y cierran cada herida.
Las palabras que valen para hacer estos versos
y sentarse a esperar que regresen los bárbaros.

De Todos nosotros, 1998

Poetas: Antonio Colinas

octubre 9, 2011

Texto: Inma Rodríguez

La obra de Antonio Colinas (La Bañeza, 1946) parte a priori en desventaja con respecto al tipo de poesía imperante en nuestros días, que tiende al recurso fácil de la emocionalidad extrema y del aluvión de recursos enrevesados. La suya es una poesía clásica en el más amplio sentido de la palabra, depurada, armónica, tanto en la forma como en la temática, llena de influencias literarias grecolatinas y de corrientes filosóficas orientales y del occidente mediterráneo de las que el lector actual apenas tiene referencias. Tampoco hay rastro en sus poemas de referencias urbanas que persiguen que los poemas suenen modernos a costa de lo que sea. El suyo es el paisaje leonés, lleno de páramos y riberas, árido y despojado, que tanto recuerda a los poemas del mejor Machado.

El gusto por el tono meditativo y por la introspección llena todos sus poemas de una extraña sensación de tiempo detenido, donde el mundo, lo exterior, se convierte en una reelaboración serena del estado de ánimo. En este sentido, los poemas de Colinas son un viaje que va desde la emocionalidad a la reflexión, donde lo externo no es percibido como una amenaza, sino como una forma de contestación, de calma. Símbolos que muchas veces se usan para expresar desasosiego, como la noche o el silencio, Colinas los utiliza para construir un espacio íntimo que lo contiene todo, un universo en estado latente a la espera de lo que puede ocurrir.

“Se escribe como se es. A veces uno se desespera, y entonces escribir puede ayudar tanto como respirar. No siempre se encuentra la armonía, pero gritar siempre me pareció un recurso demasiado fácil. Reconozco que, en buena parte, escribo para no gritar”. De todos los libros de Colinas, tal vez El libro de la mansedumbre (1993-1997) es el que mejor recoge esta idea fundamental en su obra. La mansedumbre no tiene un sentido negativo de conformismo, ni de debilidad, sino que se refiere a la aceptación, a la serenidad como una forma de triunfo y como un saber estar en el mundo. La poesía, la palabra, el arte, se convierten entonces en un empuje. Ayudan a ser, a pesar de los mil pesares.

El poema “La llama” tiene para mí una tibieza infrecuente, discretamente deslumbrante, acogedora y hospitalaria. Alzada sin fuegos de artificio, sobria pero constante, como la llama misma a la que alude el título. Es un saber detenerse, incluso demorarse, en las sensaciones que nos produce lo externo, una reflexión que tan fácilmente puede extraviarse en la inercia de los días y en las obligaciones cotidianas. Es también un diálogo con otras voces pasadas, con las ruinas doradas y atemporales del paisaje mediterráneo y latino, un intento de hacer de la contemplación una forma de seguir vinculado al mundo. No se trata de describir la realidad tal cual es, sino de acompasarla al estado del alma. “La poesía puede que no sea más que un poco de calor contra la dureza de la vida o de la muerte, huellas de una luz que nos enseñó a ser y a conocer, a vivir en lucidez y en plenitud, a sanarnos y a salvarnos un poco”.

 

LA LLAMA

Hoy comienzo a escribir como quien llora.
No de rabia, o dolor, o pasión.
Comienzo a escribir como quien llora
de plenitud saciado,
como quien lleva un mar dentro del pecho,
como si el ojo contuviese toda
esa inmensa colmena que es el firmamento
en su breve pupila.

Me encierro por pasadas plenitudes
y por estas presentes enmudezco.
Lloro por tener cerca de una mujer,
por el agua de un monte
que suena entre cipreses en un lugar de Grecia;
lloro porque en los ojos de mi perro
hallo la humanidad, por la arrebatadora
música que quizá no merecemos,
por dormir tantas noches en sosiego profundo
bajo el icono y en su luz de oro,
y por la mansedumbre de la vela
que sólo es eso: llama.

Comienzo a escribir y también la escritura
llora, porque respira y quema, porque pasa.
Qué gran gozo sentirme
yo mismo esa palabra que va ardiendo.
(Porque yo también ardo y también paso.)

Contemplo una llama muy quieta en la penumbra
de suaves jardines,
a la orilla de un mal calmo y antiguo,
y me voy encendiendo con la dicha
de saber que no existe otra verdad
que no sea esa llama, es decir,
la del amor que es don y que es condena.

Son llamas las palabras y son llamas los ojos
que lloran sin llorar por ser el que yo fui
(aquel fuego cansado que temblaba
junto a otros jardines de otro mar)
fijamente una llama
y que es, en soledad, la llama más gozosa.

Poetas: Jaime Gil de Biedma

agosto 19, 2011

Texto: Inma Rodríguez

La figura de Jaime Gil de Biedma fue, y sigue siendo a día de hoy, una de las más singulares de la literatura española. Con él se da un caso muy curioso, y es que, a pesar de que son muchos los autores que reconocen la influencia, directa o indirecta, de sus poemas, que siguen conservando su frescura, la crítica no suele citarlo efusivamente al hablar de la herencia de la poesía española de los años cincuenta. No es que sea criticado, es que a menudo se evita mencionarle. Seguramente, la razón principal es que su trayectoria vital y poética se caracteriza por el tono personal y por la variedad. En una palabra, por la heterogeneidad, que no debería ser jamás negativa, pero que (alguno lo sabe bien), acaba resultando incómoda, molesta, porque dificulta la labor del crítico a la hora de ponerle a un autor la etiqueta de turno, la forma más rápida de valoración artística, la más simplista y, por desgracia, la más común hoy día.

Fue un personaje esencialmente trasgresor, que no solo nunca negó sus contradicciones sino que ironizó sobre ellas en muchos de sus poemas. Alternó su pertenencia a la alta burguesía española, a cuyos privilegios nunca renunció, con su gusto por la ideología marxista y por los ambientes bohemios de la Barcelona de la época. Sin hacer especial alarde de su homosexualidad, jamás renunció a ella ni la ocultó, y de hecho, a veces la despliega en sus poemas con una delicadísima sensualidad que le aproxima a Cernuda. Como escritor, simpatizó abiertamente con la llamada poesía social de la época, participó en tertulias literarias y en actos públicos que cuestionaban el régimen franquista, pero también manifestó su deseo por encontrar un camino estético propio en el que la forma no quedara nunca en un segundo plano en beneficio de la crítica social o política.

La obra de Gil de Biedma, recogida casi en su totalidad en Las personas del verbo, se caracteriza ante todo, por su aparente brevedad. Pero el criterio cuantitativo aplicado al mundo de la creación deja a un lado el hecho de que él mismo renunció a publicar cualquier cosa que no estuviera al alcance de sus propias expectativas y exigencias como lector. La autoexigencia, la coherencia y el aprendizaje son una constante en él. En sus poemas hay referencias continuas a los poetas que más le influenciaron. De la escuela anglosajona, admira especialmente a Eliot y a Auden, y de la francesa a Mallarmé, Rimbaud y, sobre todo, a Baudelaire. Igualmente importante es la influencia de Machado. Sin embargo, lo que más le interesa a la hora de escribir es la autocontemplación, que su obra sea un reflejo sincero de su experiencia, pero no para individualizarla, sino para compartirla.

Toda su poesía está atravesada por un romanticismo velado y por un lenguaje actual y coloquial, que intenta conectar con un lector medio mediante la búsqueda de emociones comunes. Más que los temas sociales, le interesan los temas corrientes y las incertidumbres cotidianas. Entre ellas, el tema principal es el drama del paso del tiempo y la melancolía ante las experiencias pasadas y la pérdida progresiva de la juventud. A veces consigue no caer en la tristeza usando la ironía, pero, en la mayoría de los casos, encontramos un tono pesimista, irremediablemente desencantado.

De todos los libros de Gil de Biedma, Compañeros de viaje me ha parecido siempre el más comprometido y personal. El título ya lo dice todo. En él queda patente la búsqueda de la complicidad con los otros, desde una sentimentalidad personal a una colectiva. En la sección del libro llamada “Por vivir aquí” se encuentra el que para mí es uno de los poemas más hermosos del autor. Reconozco que, probablemente por hablar de la nostalgia ante lo que nunca sucedió, es también uno de los más desgarradores. “Aunque sea un instante” es uno de esos poemas a los que vuelvo una y otra vez, a veces muy a mi pesar. Pero es que cumple a la perfección el precioso binomio de otro gran comprometido, Albert Camus: solitario, solidario. Creo que en él queda patente el esfuerzo por establecer un diálogo desde el “yo” hasta el “nosotros”. En sus palabras, “muy pobre hombre ha de ser uno si no deja en su obra algo de la necesidad de su propio vivir, y si no entiende que un poema debe ser, no solo la constatación de la vida de uno, sino la historia de las emociones de todos los hombres”.

 

AUNQUE SEA UN INSTANTE

 

Aunque sea un instante, deseamos

descansar. Soñamos con dejarnos.

No sé, pero en cualquier lugar

con tal de que la vida deponga sus espinas.

 

Un instante, tal vez. Y nos volvemos

atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose

sobre el mismo temor actual, que día a día

entonces también conocimos.

 

Se olvida

pronto, se olvida el sudor tantas noches,

la nerviosa ansiedad que amarga el mejor logro

llevándonos a él de antemano rendidos

sin más que ese vacío de llegar,

la indiferencia extraña de lo que ya está hecho.

 

Así que a cada vez que este temor,

el eterno temor que tiene nuestro rostro

nos asalta, gritamos invocando el pasado

-invocando un pasado que jamás existió-

 

para creer al menos que de verdad vivimos

y que la vida es más que esta pausa inmensa,

vertiginosa,

cuando la propia vocación, aquello

sobre lo cual fundamos un día nuestro ser,

el nombre que le dimos a nuestra dignidad

vemos que no más

que un desolador deseo de esconderse.

 

De Compañeros de viaje, 1959

Poetas: Joaquín Sabina

agosto 7, 2011

Texto: Inma Rodríguez

“Yo soy quien soy por puro accidente. Iba para profesor de Literatura en un instituto de provincias, a lo Machado. Y es bastante probable que hubiese escrito libros de poesía que no habría leído nadie. Mi proyecto no era ser Dylan, sino Antonio Muñoz Molina”.

Versificador de vocación. Joaquín Sabina se ha definido a sí mismo de esta manera en no pocas ocasiones y, por lo mismo, nunca ha ocultado la rabia que le causó que algunos hablaran de él como un cantante metido a poeta después de la publicación de Ciento volando de catorce. Ya sería bastante recordar que en la presentación del libro estuvo apadrinado por poetas de la talla de García Montero o Ángel González, que decía que si Sabina no se hubiera encontrado una guitarra por el camino, tendría una producción poética bastante más extensa que su discografía.
Pero es que, además, la relación de Sabina con la poesía viene de muy atrás. En su casa siempre hubo libros. De hecho, su padre le escribía a la mili cartas en verso y le dejó siete cuardernos escritos a mano. Poca gente conoce su primer poemario, Memoria del exilio, en su época londinense, allá por el año 1976, y que buena parte de esos poemas acabaron en su disco Inventario. Como pocos son los que saben que en 1986 escribe otro libro precioso, De lo cantado y sus márgenes, y que ya en esa época se codea con voces tan imprescindibles de la lírica española como Rafael Alberti.

Sabina lee desde siempre. A su adorado Gil de Biedma, su mayor influencia según él mismo. A César Vallejo. A Neruda. Y a pesar de lo irreverente de sus letras, en sus poemas no puede ser más clásico, tanto en el fondo como en la forma. En su visión desengañada del mundo, en su sarcasmo, late el barroquismo del mejor Quevedo. Si elige la forma del soneto es con la voluntad pedagógica de acercar al público que acude a sus conciertos las formas estróficas de los clásicos del Siglo de Oro. Conviene recordar que en su origen, la poesía está íntimamente ligada a la canción, y sin embargo, Sabina es consciente de que una canción no es un poema cantado, y de que no todos los poemas pueden ir acompañados de música. Por lo mismo le infunden tanto respeto el ritmo y la versificación.

Ciento volando de catorce llegó a estar cien semanas en las listas de los libros más vendidos. Toda una proeza tratándose de un libro de poemas. Más aún si hablamos de sonetos. Sabina ha dicho en muchas ocasiones que es en este libro donde más se deja ver como lo que de verdad es: un pesimista convencido que le echa sentido del humor cuando puede para lidiar con el mundo. “Puntos suspensivos” es para mí el soneto que mejor refleja esa visión desencantada, ese donjuanismo derrotado a lo Gil de Biedma. El poema está plagado de una simbología moderna de teléfonos y paredes, pero la tragedia no puede ser más atemporal. En el imaginario colectivo del desamor nos unen los objetos y lugares comunes que remiten una y otra vez a la ausencia, a lo perdido. Personalmente, no se me ocurre tema más universal y más clásico, y, a la vez, más de juglar de ciudad del siglo XXI. Está bien que la poesía salte, de tanto en tanto, del papel a la calle. Y está bien, muy bien, que Sabina la rescate del papel y la siente en la barra de un bar a dejarse robar besos con disimulo, a sabiendas de que ninguna fiesta es eterna, y de que, a veces, la memoria nos asalta con finales que nunca acaban de acabar.

XCIII
PUNTOS SUSPENSIVOS

Lo peor del amor, cuando termina,
son las habitaciones ventiladas,
el solo de pijamas con sordina,
la adrenalina en camas separadas.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman los pájaros del sueño,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole ni dueño.

Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a galeras los archivos.

Lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.

Poetas: Carlos Marzal

agosto 1, 2011

Texto: Inma Rodríguez


Siempre he pensado que a algunos poetas no hay que ir a buscarlos. Que nos esperan, o nos encuentran para explicarnos cuando más lo necesitamos, milagrosamente. A mí al menos Carlos Marzal me explica cada vez que acudo a él, desde la primera vez que abrí al azar un libro suyo, Los países nocturnos, en la época en la que empecé a adquirir el hábito de buscar consuelo en las bibliotecas y librerías cada vez que el mundo entero me parece un despropósito. Inocente de mí al hacerlo, porque la poesía no solo no ofrece respuestas sino que, la mayor de las veces, ni siquiera nos da tregua. Como encima siento predilección por la poesía que apunta a la emocionalidad menos optimista y que habla de territorios comunes como la soledad, la nostalgia o el dolor, Marzal me deja casi siempre al borde de enmudecer. Y sin embargo, no sé muy bien cómo, leerlo es también ponerme a cobijo frente a la incertidumbre. Ese impagable “esto lo he sentido yo, pero no hubiera sabido decirlo así, y es un alivio que alguien sepa hacerlo por mí”, que tanto se agradece en épocas de fuerte marejada, y que constituye la base de los mejores poemas, de los mejores poetas.

Es muy difícil que un escritor tenga un estilo definido, personal, desde que empieza a publicar. Pero si se le lee atentamente, la voz y la temática de Marzal son las mismas desde los primeros poemas de El último de la fiesta (1987) hasta el último verso de Fuera de mí (2004). Es un lirismo deliberadamente austero, sin rastro de juegos de artificio, sin imposturas, sin buscar a toda costa una originalidad o un efectismo que acaso están sobrevalorados. Es siempre meditativo, a ratos irónico. Curiosamente, no siendo un poeta precisamente “alegre”, no es tampoco, ni mucho menos, un escarmentado. De hecho, la idea principal que recorre toda su obra es que, pese a todo, merece la pena vivir. Un aviso para que la experiencia y la inútil losa del escepticismo que tantas veces pone en nosotros, no nos lastre, ni nos impida asombrarnos con lo extraordinario cotidiano que aparece en cualquier esquina, en cualquier instante.

Supongo que tal vez por esa insistencia en lo vivido, a Marzal se le ha englobado dentro de la corriente llamada “poesía de la experiencia”. Jamás ha dejado de chocarme esta denominación, porque dudo mucho de que, al margen de la búsqueda de la belleza intrínseca a todas las artes, pueda escribirse algo si no es partiendo de la propia experiencia, o más concretamente, de la biografía emocional de cada uno, por mucha inventiva que se le eche al asunto. Lo que creo que es intransferible, lo que más me asombra en él, es la pasión con la que defiende una estética de la ética, un canto a la necesidad de hacer lo mejor que uno puede con lo que tiene, en el arte y en la vida, sin frontera divisoria.

Si tuviera que elegir un poema de Carlos Marzal, uno solo, me costaría mucho. Hay algunos que no me canso de releer, a los que sigo acudiendo, como “El combate por la luz”, “El poema de amor que nunca escribirás” o “Pluscuamperfecto de futuro”. Pero si tuviera que quedarme con un libro, sin pensarlo, ese libro sería Metales pesados. Por dos razones: la primera que contiene “El corazón perplejo”, que es casi una declaración de intenciones con la que me identifico. La segunda, que es un poemario casi confesional, intimísimo, de ponerse frente al espejo y admitirse, que no tiene nada de sencillo pero lo tiene todo de necesario. De parar para poder seguir. De invitación a reconciliarse con el mundo, aunque sea un instante. En esas batallas, Carlos Marzal me parece siempre cercano, siempre convincente. Por eso, y por su mágica sencillez, cada vez que lo leo le considero, con su permiso, un aliado. Porque “…desde mi decepción emana la energía/ esta serena forma del agradecimiento/ esta abatida variedad del júbilo/ que por no esperar nada se contenta/ con el culto secreto de las ruinas del mundo.”

EL CORAZÓN PERPLEJO

Desventurado corazón perplejo,
inconsecuente corazón,
no dudes.
No tiembles nunca más por lo que sabes,
no temas nunca más por lo que has visto.
Calamitoso corazón,
alienta.

Aprende en este ahora
el pálpito que vuelve con lo eterno,
para latir conforme en valentía.
Los números del mundo están cifrados
en la clave de un sol tan rutilante
que te ciega los ojos si calculas.
Ciégate en esperanza,
errátil corazón,
suma los números.
Un orden en su imán te está esperando.

Desde el final del tiempo se levanta
un ácido perfume de hojas muertas.
Respíralo y respira su secreto.
Abre de par en par tu incertidumbre.
No permitas
que encuentre domicilio la tibieza,
ni que este inescrutable amor oscuro
cometa el gran pecado de estar triste.
Acógete a ti mismo en tus entrañas
con tu abrazo más fuerte,
tu mejor padre en ti, tu mejor hijo,
gobierna tu ocasión de madurez.

Insiste una vez más,
aspira en estas rosas
su pútrido fermento enamorado.
En este desvarío de tu voz
se desnuda el enigma, transparece
la recompensa intacta de estar siendo.

Aquí estamos tú y yo,
altivo corazón,
en desbandada.
A fuerza de caer, desvanecidos.
y a fuerza de cantar,
enajenados.