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Poetas: Antonio Colinas

octubre 9, 2011

Texto: Inma Rodríguez

La obra de Antonio Colinas (La Bañeza, 1946) parte a priori en desventaja con respecto al tipo de poesía imperante en nuestros días, que tiende al recurso fácil de la emocionalidad extrema y del aluvión de recursos enrevesados. La suya es una poesía clásica en el más amplio sentido de la palabra, depurada, armónica, tanto en la forma como en la temática, llena de influencias literarias grecolatinas y de corrientes filosóficas orientales y del occidente mediterráneo de las que el lector actual apenas tiene referencias. Tampoco hay rastro en sus poemas de referencias urbanas que persiguen que los poemas suenen modernos a costa de lo que sea. El suyo es el paisaje leonés, lleno de páramos y riberas, árido y despojado, que tanto recuerda a los poemas del mejor Machado.

El gusto por el tono meditativo y por la introspección llena todos sus poemas de una extraña sensación de tiempo detenido, donde el mundo, lo exterior, se convierte en una reelaboración serena del estado de ánimo. En este sentido, los poemas de Colinas son un viaje que va desde la emocionalidad a la reflexión, donde lo externo no es percibido como una amenaza, sino como una forma de contestación, de calma. Símbolos que muchas veces se usan para expresar desasosiego, como la noche o el silencio, Colinas los utiliza para construir un espacio íntimo que lo contiene todo, un universo en estado latente a la espera de lo que puede ocurrir.

“Se escribe como se es. A veces uno se desespera, y entonces escribir puede ayudar tanto como respirar. No siempre se encuentra la armonía, pero gritar siempre me pareció un recurso demasiado fácil. Reconozco que, en buena parte, escribo para no gritar”. De todos los libros de Colinas, tal vez El libro de la mansedumbre (1993-1997) es el que mejor recoge esta idea fundamental en su obra. La mansedumbre no tiene un sentido negativo de conformismo, ni de debilidad, sino que se refiere a la aceptación, a la serenidad como una forma de triunfo y como un saber estar en el mundo. La poesía, la palabra, el arte, se convierten entonces en un empuje. Ayudan a ser, a pesar de los mil pesares.

El poema “La llama” tiene para mí una tibieza infrecuente, discretamente deslumbrante, acogedora y hospitalaria. Alzada sin fuegos de artificio, sobria pero constante, como la llama misma a la que alude el título. Es un saber detenerse, incluso demorarse, en las sensaciones que nos produce lo externo, una reflexión que tan fácilmente puede extraviarse en la inercia de los días y en las obligaciones cotidianas. Es también un diálogo con otras voces pasadas, con las ruinas doradas y atemporales del paisaje mediterráneo y latino, un intento de hacer de la contemplación una forma de seguir vinculado al mundo. No se trata de describir la realidad tal cual es, sino de acompasarla al estado del alma. “La poesía puede que no sea más que un poco de calor contra la dureza de la vida o de la muerte, huellas de una luz que nos enseñó a ser y a conocer, a vivir en lucidez y en plenitud, a sanarnos y a salvarnos un poco”.

 

LA LLAMA

Hoy comienzo a escribir como quien llora.
No de rabia, o dolor, o pasión.
Comienzo a escribir como quien llora
de plenitud saciado,
como quien lleva un mar dentro del pecho,
como si el ojo contuviese toda
esa inmensa colmena que es el firmamento
en su breve pupila.

Me encierro por pasadas plenitudes
y por estas presentes enmudezco.
Lloro por tener cerca de una mujer,
por el agua de un monte
que suena entre cipreses en un lugar de Grecia;
lloro porque en los ojos de mi perro
hallo la humanidad, por la arrebatadora
música que quizá no merecemos,
por dormir tantas noches en sosiego profundo
bajo el icono y en su luz de oro,
y por la mansedumbre de la vela
que sólo es eso: llama.

Comienzo a escribir y también la escritura
llora, porque respira y quema, porque pasa.
Qué gran gozo sentirme
yo mismo esa palabra que va ardiendo.
(Porque yo también ardo y también paso.)

Contemplo una llama muy quieta en la penumbra
de suaves jardines,
a la orilla de un mal calmo y antiguo,
y me voy encendiendo con la dicha
de saber que no existe otra verdad
que no sea esa llama, es decir,
la del amor que es don y que es condena.

Son llamas las palabras y son llamas los ojos
que lloran sin llorar por ser el que yo fui
(aquel fuego cansado que temblaba
junto a otros jardines de otro mar)
fijamente una llama
y que es, en soledad, la llama más gozosa.