Poetas: Carlos Marzal

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Texto: Inma Rodríguez


Siempre he pensado que a algunos poetas no hay que ir a buscarlos. Que nos esperan, o nos encuentran para explicarnos cuando más lo necesitamos, milagrosamente. A mí al menos Carlos Marzal me explica cada vez que acudo a él, desde la primera vez que abrí al azar un libro suyo, Los países nocturnos, en la época en la que empecé a adquirir el hábito de buscar consuelo en las bibliotecas y librerías cada vez que el mundo entero me parece un despropósito. Inocente de mí al hacerlo, porque la poesía no solo no ofrece respuestas sino que, la mayor de las veces, ni siquiera nos da tregua. Como encima siento predilección por la poesía que apunta a la emocionalidad menos optimista y que habla de territorios comunes como la soledad, la nostalgia o el dolor, Marzal me deja casi siempre al borde de enmudecer. Y sin embargo, no sé muy bien cómo, leerlo es también ponerme a cobijo frente a la incertidumbre. Ese impagable “esto lo he sentido yo, pero no hubiera sabido decirlo así, y es un alivio que alguien sepa hacerlo por mí”, que tanto se agradece en épocas de fuerte marejada, y que constituye la base de los mejores poemas, de los mejores poetas.

Es muy difícil que un escritor tenga un estilo definido, personal, desde que empieza a publicar. Pero si se le lee atentamente, la voz y la temática de Marzal son las mismas desde los primeros poemas de El último de la fiesta (1987) hasta el último verso de Fuera de mí (2004). Es un lirismo deliberadamente austero, sin rastro de juegos de artificio, sin imposturas, sin buscar a toda costa una originalidad o un efectismo que acaso están sobrevalorados. Es siempre meditativo, a ratos irónico. Curiosamente, no siendo un poeta precisamente “alegre”, no es tampoco, ni mucho menos, un escarmentado. De hecho, la idea principal que recorre toda su obra es que, pese a todo, merece la pena vivir. Un aviso para que la experiencia y la inútil losa del escepticismo que tantas veces pone en nosotros, no nos lastre, ni nos impida asombrarnos con lo extraordinario cotidiano que aparece en cualquier esquina, en cualquier instante.

Supongo que tal vez por esa insistencia en lo vivido, a Marzal se le ha englobado dentro de la corriente llamada “poesía de la experiencia”. Jamás ha dejado de chocarme esta denominación, porque dudo mucho de que, al margen de la búsqueda de la belleza intrínseca a todas las artes, pueda escribirse algo si no es partiendo de la propia experiencia, o más concretamente, de la biografía emocional de cada uno, por mucha inventiva que se le eche al asunto. Lo que creo que es intransferible, lo que más me asombra en él, es la pasión con la que defiende una estética de la ética, un canto a la necesidad de hacer lo mejor que uno puede con lo que tiene, en el arte y en la vida, sin frontera divisoria.

Si tuviera que elegir un poema de Carlos Marzal, uno solo, me costaría mucho. Hay algunos que no me canso de releer, a los que sigo acudiendo, como “El combate por la luz”, “El poema de amor que nunca escribirás” o “Pluscuamperfecto de futuro”. Pero si tuviera que quedarme con un libro, sin pensarlo, ese libro sería Metales pesados. Por dos razones: la primera que contiene “El corazón perplejo”, que es casi una declaración de intenciones con la que me identifico. La segunda, que es un poemario casi confesional, intimísimo, de ponerse frente al espejo y admitirse, que no tiene nada de sencillo pero lo tiene todo de necesario. De parar para poder seguir. De invitación a reconciliarse con el mundo, aunque sea un instante. En esas batallas, Carlos Marzal me parece siempre cercano, siempre convincente. Por eso, y por su mágica sencillez, cada vez que lo leo le considero, con su permiso, un aliado. Porque “…desde mi decepción emana la energía/ esta serena forma del agradecimiento/ esta abatida variedad del júbilo/ que por no esperar nada se contenta/ con el culto secreto de las ruinas del mundo.”

EL CORAZÓN PERPLEJO

Desventurado corazón perplejo,
inconsecuente corazón,
no dudes.
No tiembles nunca más por lo que sabes,
no temas nunca más por lo que has visto.
Calamitoso corazón,
alienta.

Aprende en este ahora
el pálpito que vuelve con lo eterno,
para latir conforme en valentía.
Los números del mundo están cifrados
en la clave de un sol tan rutilante
que te ciega los ojos si calculas.
Ciégate en esperanza,
errátil corazón,
suma los números.
Un orden en su imán te está esperando.

Desde el final del tiempo se levanta
un ácido perfume de hojas muertas.
Respíralo y respira su secreto.
Abre de par en par tu incertidumbre.
No permitas
que encuentre domicilio la tibieza,
ni que este inescrutable amor oscuro
cometa el gran pecado de estar triste.
Acógete a ti mismo en tus entrañas
con tu abrazo más fuerte,
tu mejor padre en ti, tu mejor hijo,
gobierna tu ocasión de madurez.

Insiste una vez más,
aspira en estas rosas
su pútrido fermento enamorado.
En este desvarío de tu voz
se desnuda el enigma, transparece
la recompensa intacta de estar siendo.

Aquí estamos tú y yo,
altivo corazón,
en desbandada.
A fuerza de caer, desvanecidos.
y a fuerza de cantar,
enajenados.

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