Archive for 26 agosto 2011

Esperanza

agosto 26, 2011

Esperanza,
araña negra del atardecer.
Te paras
no lejos de mi cuerpo
abandonado, andas
en torno a mí,
tejiendo, rápida,
inconsistentes hilos invisibles,
te acercas, obstinada,
y me acaricias casi con tu sombra
pesada
y leve a un tiempo.

Agazapada
bajo las piedras y las horas,
esperaste, paciente, la llegada
de esta tarde
en la que nada
es ya posible…
_____________Mi corazón:
tu nido.
_______Muerde en él, esperanza.

 

Ángel González

Poetas: Jaime Gil de Biedma

agosto 19, 2011

Texto: Inma Rodríguez

La figura de Jaime Gil de Biedma fue, y sigue siendo a día de hoy, una de las más singulares de la literatura española. Con él se da un caso muy curioso, y es que, a pesar de que son muchos los autores que reconocen la influencia, directa o indirecta, de sus poemas, que siguen conservando su frescura, la crítica no suele citarlo efusivamente al hablar de la herencia de la poesía española de los años cincuenta. No es que sea criticado, es que a menudo se evita mencionarle. Seguramente, la razón principal es que su trayectoria vital y poética se caracteriza por el tono personal y por la variedad. En una palabra, por la heterogeneidad, que no debería ser jamás negativa, pero que (alguno lo sabe bien), acaba resultando incómoda, molesta, porque dificulta la labor del crítico a la hora de ponerle a un autor la etiqueta de turno, la forma más rápida de valoración artística, la más simplista y, por desgracia, la más común hoy día.

Fue un personaje esencialmente trasgresor, que no solo nunca negó sus contradicciones sino que ironizó sobre ellas en muchos de sus poemas. Alternó su pertenencia a la alta burguesía española, a cuyos privilegios nunca renunció, con su gusto por la ideología marxista y por los ambientes bohemios de la Barcelona de la época. Sin hacer especial alarde de su homosexualidad, jamás renunció a ella ni la ocultó, y de hecho, a veces la despliega en sus poemas con una delicadísima sensualidad que le aproxima a Cernuda. Como escritor, simpatizó abiertamente con la llamada poesía social de la época, participó en tertulias literarias y en actos públicos que cuestionaban el régimen franquista, pero también manifestó su deseo por encontrar un camino estético propio en el que la forma no quedara nunca en un segundo plano en beneficio de la crítica social o política.

La obra de Gil de Biedma, recogida casi en su totalidad en Las personas del verbo, se caracteriza ante todo, por su aparente brevedad. Pero el criterio cuantitativo aplicado al mundo de la creación deja a un lado el hecho de que él mismo renunció a publicar cualquier cosa que no estuviera al alcance de sus propias expectativas y exigencias como lector. La autoexigencia, la coherencia y el aprendizaje son una constante en él. En sus poemas hay referencias continuas a los poetas que más le influenciaron. De la escuela anglosajona, admira especialmente a Eliot y a Auden, y de la francesa a Mallarmé, Rimbaud y, sobre todo, a Baudelaire. Igualmente importante es la influencia de Machado. Sin embargo, lo que más le interesa a la hora de escribir es la autocontemplación, que su obra sea un reflejo sincero de su experiencia, pero no para individualizarla, sino para compartirla.

Toda su poesía está atravesada por un romanticismo velado y por un lenguaje actual y coloquial, que intenta conectar con un lector medio mediante la búsqueda de emociones comunes. Más que los temas sociales, le interesan los temas corrientes y las incertidumbres cotidianas. Entre ellas, el tema principal es el drama del paso del tiempo y la melancolía ante las experiencias pasadas y la pérdida progresiva de la juventud. A veces consigue no caer en la tristeza usando la ironía, pero, en la mayoría de los casos, encontramos un tono pesimista, irremediablemente desencantado.

De todos los libros de Gil de Biedma, Compañeros de viaje me ha parecido siempre el más comprometido y personal. El título ya lo dice todo. En él queda patente la búsqueda de la complicidad con los otros, desde una sentimentalidad personal a una colectiva. En la sección del libro llamada “Por vivir aquí” se encuentra el que para mí es uno de los poemas más hermosos del autor. Reconozco que, probablemente por hablar de la nostalgia ante lo que nunca sucedió, es también uno de los más desgarradores. “Aunque sea un instante” es uno de esos poemas a los que vuelvo una y otra vez, a veces muy a mi pesar. Pero es que cumple a la perfección el precioso binomio de otro gran comprometido, Albert Camus: solitario, solidario. Creo que en él queda patente el esfuerzo por establecer un diálogo desde el “yo” hasta el “nosotros”. En sus palabras, “muy pobre hombre ha de ser uno si no deja en su obra algo de la necesidad de su propio vivir, y si no entiende que un poema debe ser, no solo la constatación de la vida de uno, sino la historia de las emociones de todos los hombres”.

 

AUNQUE SEA UN INSTANTE

 

Aunque sea un instante, deseamos

descansar. Soñamos con dejarnos.

No sé, pero en cualquier lugar

con tal de que la vida deponga sus espinas.

 

Un instante, tal vez. Y nos volvemos

atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose

sobre el mismo temor actual, que día a día

entonces también conocimos.

 

Se olvida

pronto, se olvida el sudor tantas noches,

la nerviosa ansiedad que amarga el mejor logro

llevándonos a él de antemano rendidos

sin más que ese vacío de llegar,

la indiferencia extraña de lo que ya está hecho.

 

Así que a cada vez que este temor,

el eterno temor que tiene nuestro rostro

nos asalta, gritamos invocando el pasado

-invocando un pasado que jamás existió-

 

para creer al menos que de verdad vivimos

y que la vida es más que esta pausa inmensa,

vertiginosa,

cuando la propia vocación, aquello

sobre lo cual fundamos un día nuestro ser,

el nombre que le dimos a nuestra dignidad

vemos que no más

que un desolador deseo de esconderse.

 

De Compañeros de viaje, 1959

Guía de parafilias en Internet: Tentacles

agosto 14, 2011

La parafilia tentacles, tentáculos o Chojinismo en círculos íntimos, bien podría ser el padre de estas parafilias curiosas por todo el tiempo que lleva entre nosotros. La primera vez que la vi fue con la película Urotsukidōji que es de 1987. Internet no es el culpable esta vez, fíjense. (more…)

Poetas: Joaquín Sabina

agosto 7, 2011

Texto: Inma Rodríguez

“Yo soy quien soy por puro accidente. Iba para profesor de Literatura en un instituto de provincias, a lo Machado. Y es bastante probable que hubiese escrito libros de poesía que no habría leído nadie. Mi proyecto no era ser Dylan, sino Antonio Muñoz Molina”.

Versificador de vocación. Joaquín Sabina se ha definido a sí mismo de esta manera en no pocas ocasiones y, por lo mismo, nunca ha ocultado la rabia que le causó que algunos hablaran de él como un cantante metido a poeta después de la publicación de Ciento volando de catorce. Ya sería bastante recordar que en la presentación del libro estuvo apadrinado por poetas de la talla de García Montero o Ángel González, que decía que si Sabina no se hubiera encontrado una guitarra por el camino, tendría una producción poética bastante más extensa que su discografía.
Pero es que, además, la relación de Sabina con la poesía viene de muy atrás. En su casa siempre hubo libros. De hecho, su padre le escribía a la mili cartas en verso y le dejó siete cuardernos escritos a mano. Poca gente conoce su primer poemario, Memoria del exilio, en su época londinense, allá por el año 1976, y que buena parte de esos poemas acabaron en su disco Inventario. Como pocos son los que saben que en 1986 escribe otro libro precioso, De lo cantado y sus márgenes, y que ya en esa época se codea con voces tan imprescindibles de la lírica española como Rafael Alberti.

Sabina lee desde siempre. A su adorado Gil de Biedma, su mayor influencia según él mismo. A César Vallejo. A Neruda. Y a pesar de lo irreverente de sus letras, en sus poemas no puede ser más clásico, tanto en el fondo como en la forma. En su visión desengañada del mundo, en su sarcasmo, late el barroquismo del mejor Quevedo. Si elige la forma del soneto es con la voluntad pedagógica de acercar al público que acude a sus conciertos las formas estróficas de los clásicos del Siglo de Oro. Conviene recordar que en su origen, la poesía está íntimamente ligada a la canción, y sin embargo, Sabina es consciente de que una canción no es un poema cantado, y de que no todos los poemas pueden ir acompañados de música. Por lo mismo le infunden tanto respeto el ritmo y la versificación.

Ciento volando de catorce llegó a estar cien semanas en las listas de los libros más vendidos. Toda una proeza tratándose de un libro de poemas. Más aún si hablamos de sonetos. Sabina ha dicho en muchas ocasiones que es en este libro donde más se deja ver como lo que de verdad es: un pesimista convencido que le echa sentido del humor cuando puede para lidiar con el mundo. “Puntos suspensivos” es para mí el soneto que mejor refleja esa visión desencantada, ese donjuanismo derrotado a lo Gil de Biedma. El poema está plagado de una simbología moderna de teléfonos y paredes, pero la tragedia no puede ser más atemporal. En el imaginario colectivo del desamor nos unen los objetos y lugares comunes que remiten una y otra vez a la ausencia, a lo perdido. Personalmente, no se me ocurre tema más universal y más clásico, y, a la vez, más de juglar de ciudad del siglo XXI. Está bien que la poesía salte, de tanto en tanto, del papel a la calle. Y está bien, muy bien, que Sabina la rescate del papel y la siente en la barra de un bar a dejarse robar besos con disimulo, a sabiendas de que ninguna fiesta es eterna, y de que, a veces, la memoria nos asalta con finales que nunca acaban de acabar.

XCIII
PUNTOS SUSPENSIVOS

Lo peor del amor, cuando termina,
son las habitaciones ventiladas,
el solo de pijamas con sordina,
la adrenalina en camas separadas.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman los pájaros del sueño,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole ni dueño.

Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a galeras los archivos.

Lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.

Poetas: Carlos Marzal

agosto 1, 2011

Texto: Inma Rodríguez


Siempre he pensado que a algunos poetas no hay que ir a buscarlos. Que nos esperan, o nos encuentran para explicarnos cuando más lo necesitamos, milagrosamente. A mí al menos Carlos Marzal me explica cada vez que acudo a él, desde la primera vez que abrí al azar un libro suyo, Los países nocturnos, en la época en la que empecé a adquirir el hábito de buscar consuelo en las bibliotecas y librerías cada vez que el mundo entero me parece un despropósito. Inocente de mí al hacerlo, porque la poesía no solo no ofrece respuestas sino que, la mayor de las veces, ni siquiera nos da tregua. Como encima siento predilección por la poesía que apunta a la emocionalidad menos optimista y que habla de territorios comunes como la soledad, la nostalgia o el dolor, Marzal me deja casi siempre al borde de enmudecer. Y sin embargo, no sé muy bien cómo, leerlo es también ponerme a cobijo frente a la incertidumbre. Ese impagable “esto lo he sentido yo, pero no hubiera sabido decirlo así, y es un alivio que alguien sepa hacerlo por mí”, que tanto se agradece en épocas de fuerte marejada, y que constituye la base de los mejores poemas, de los mejores poetas.

Es muy difícil que un escritor tenga un estilo definido, personal, desde que empieza a publicar. Pero si se le lee atentamente, la voz y la temática de Marzal son las mismas desde los primeros poemas de El último de la fiesta (1987) hasta el último verso de Fuera de mí (2004). Es un lirismo deliberadamente austero, sin rastro de juegos de artificio, sin imposturas, sin buscar a toda costa una originalidad o un efectismo que acaso están sobrevalorados. Es siempre meditativo, a ratos irónico. Curiosamente, no siendo un poeta precisamente “alegre”, no es tampoco, ni mucho menos, un escarmentado. De hecho, la idea principal que recorre toda su obra es que, pese a todo, merece la pena vivir. Un aviso para que la experiencia y la inútil losa del escepticismo que tantas veces pone en nosotros, no nos lastre, ni nos impida asombrarnos con lo extraordinario cotidiano que aparece en cualquier esquina, en cualquier instante.

Supongo que tal vez por esa insistencia en lo vivido, a Marzal se le ha englobado dentro de la corriente llamada “poesía de la experiencia”. Jamás ha dejado de chocarme esta denominación, porque dudo mucho de que, al margen de la búsqueda de la belleza intrínseca a todas las artes, pueda escribirse algo si no es partiendo de la propia experiencia, o más concretamente, de la biografía emocional de cada uno, por mucha inventiva que se le eche al asunto. Lo que creo que es intransferible, lo que más me asombra en él, es la pasión con la que defiende una estética de la ética, un canto a la necesidad de hacer lo mejor que uno puede con lo que tiene, en el arte y en la vida, sin frontera divisoria.

Si tuviera que elegir un poema de Carlos Marzal, uno solo, me costaría mucho. Hay algunos que no me canso de releer, a los que sigo acudiendo, como “El combate por la luz”, “El poema de amor que nunca escribirás” o “Pluscuamperfecto de futuro”. Pero si tuviera que quedarme con un libro, sin pensarlo, ese libro sería Metales pesados. Por dos razones: la primera que contiene “El corazón perplejo”, que es casi una declaración de intenciones con la que me identifico. La segunda, que es un poemario casi confesional, intimísimo, de ponerse frente al espejo y admitirse, que no tiene nada de sencillo pero lo tiene todo de necesario. De parar para poder seguir. De invitación a reconciliarse con el mundo, aunque sea un instante. En esas batallas, Carlos Marzal me parece siempre cercano, siempre convincente. Por eso, y por su mágica sencillez, cada vez que lo leo le considero, con su permiso, un aliado. Porque “…desde mi decepción emana la energía/ esta serena forma del agradecimiento/ esta abatida variedad del júbilo/ que por no esperar nada se contenta/ con el culto secreto de las ruinas del mundo.”

EL CORAZÓN PERPLEJO

Desventurado corazón perplejo,
inconsecuente corazón,
no dudes.
No tiembles nunca más por lo que sabes,
no temas nunca más por lo que has visto.
Calamitoso corazón,
alienta.

Aprende en este ahora
el pálpito que vuelve con lo eterno,
para latir conforme en valentía.
Los números del mundo están cifrados
en la clave de un sol tan rutilante
que te ciega los ojos si calculas.
Ciégate en esperanza,
errátil corazón,
suma los números.
Un orden en su imán te está esperando.

Desde el final del tiempo se levanta
un ácido perfume de hojas muertas.
Respíralo y respira su secreto.
Abre de par en par tu incertidumbre.
No permitas
que encuentre domicilio la tibieza,
ni que este inescrutable amor oscuro
cometa el gran pecado de estar triste.
Acógete a ti mismo en tus entrañas
con tu abrazo más fuerte,
tu mejor padre en ti, tu mejor hijo,
gobierna tu ocasión de madurez.

Insiste una vez más,
aspira en estas rosas
su pútrido fermento enamorado.
En este desvarío de tu voz
se desnuda el enigma, transparece
la recompensa intacta de estar siendo.

Aquí estamos tú y yo,
altivo corazón,
en desbandada.
A fuerza de caer, desvanecidos.
y a fuerza de cantar,
enajenados.